Literatura especulativa

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A la espera de “Más espacio del que soñamos”, comparto con ustedes un intercambio de ideas realizado con el autor chileno de literatura fantástica Jorge Alberto Collao, quien publicó recientemente un artículo titulado “Los retos de la literatura como género especulativo” en Crítica.cl (disponible también en Puerto de Escape y LDP Magazine). Como invitación a sus palabras, extendí las mías para el diálogo. Esa respuesta comparto aquí con ustedes, como un pequeño manifiesto de mi visión sobre el género fantástico, y en particular sobre la ciencia ficción, llamada en sus momentos de mayor esplendor: “literatura de ideas”.

Estimado Jorge:

¡A qué gran y tendida conversación invitan tus observaciones!

En primer lugar, hago referencia a la cita de Ted Chiang: “La ciencia ficción como laboratorio filosófico”. Tal como lo veo, fueron los grandes griegos quienes vislumbraron la necesaria alianza entre filosofía y ciencia desde sus inicios. Cito a un gran filósofo chileno, Alejandro Serani Merlo, quien analizando la obra aristotélica dice: “Jamás el análisis en cuanto análisis podrá encontrar lo analizado porque, justamente, es de lo analizado que se ha hecho abstracción, para poder realizar el análisis”. Para que la ciencia dé frutos, debe primer existir lo que Aristóteles llamaba los “puntos de partida” a partir de la potencia intelectiva, lo que el mismo filósofo griego denominaba Nous. Para que la ciencia pueda ser herramienta de la especulación, necesita la pregunta filosófica inicial, de lo contrario será infértil el intento de acceder a lo desconocido, lo nuevo. Y cuando a esta alianza para la especulación se le agrega una intención artística (arte, en cuanto a la interpretación Tarkovskiana de toda aquella creación humana que busca enriquecer el “alma”), pues entonces se han sumado los ingredientes para generar ciencia ficción. Independiente del dinamismo semántico para definir el género en cuestión, esa hermandad de filosofía, ciencia y literatura, vienen a explicar lo que entendemos por este modo de arte escrito: sin limitarlo, sin estigmatizarlo, sin infantilizarlo, sin encadenarlo. Los ingredientes podrán pasar inadvertidos, pero siempre han estado ahí subyacentes. Así al menos comprendo los núcleos de esto.

En segundo lugar, me aterrizo a los confines de la literatura fantástica. Creo que nadie se ha referido mejor a la ciencia ficción que Philip K Dick en sus conocidas cartas, siendo increíblemente sencillo y preciso. Parafraseándolo, el autor estadounidense se refiere a la ciencia ficción como la desfiguración de la realidad a partir de una idea conceptual (no trivial ni meramente extravagante), plausible, que aún no sucede o ya no sucedió (en tanto que no solo trata del futuro, sino también de alternativas pretéritas). Y agrega que la buena ciencia ficción viene siendo la que estimula el intelecto del receptor hasta el punto de incitarlo a cocrear con el autor. Pero lo que más rescato, y citaré textual, es su capacidad de diferenciar fantasía y ciencia ficción (lo que a mi juicio desde entonces está zanjado con una claridad más diáfana imposible). Dice el escritor:

“Ahora tratemos de separar la fantasía de la ciencia ficción. Es imposible, y una rápida reflexión nos lo demostrará. Fijémonos en los personajes dotados de poderes paranormales; fijémonos en los mutantes que Ted Sturgeon plasma en su maravilloso Más que humano. Si el lector cree que tales mutantes pueden existir, considerará la novela de Sturgeon como ciencia ficción. Si, al contrario, opina que los mutantes, como los brujos y los ladrones, son criaturas imaginarias, leerá una novela de fantasía. La fantasía trata de aquello que la opinión general considera imposible; la ciencia ficción trata de aquello que la opinión general considera posible bajo determinadas circunstancias. Esto es, en esencia, un juicio arriesgado, puesto que no es posible saber objetivamente lo que es posible y lo que no lo es, creencias subjetivas por parte del autor y del lector”.

Y ya está, y siempre ha sido así: una trata de lo plausible y la otra de lo implausible. Y no hay más misterio ni dificultad, tan solo que el juez final viene siendo, inevitablemente, el simbiótico escritor/lector en su tiempo determinado.

Esas son mis palabras hacia la ciencia ficción, que, al desmenuzarla, me atrevo a decir que siempre ha estado y siempre estará con la humanidad. Parece ser una expresión innata de nuestra naturaleza. Y cierro con una frase tuya que me ha fascinado y que apoyo: “(…) la realidad de las cosas es que sí importa. Por lo tanto, la ciencia no es una excusa, un Macguffin cinéfilo, una excusa para reacometer los eternos temas de la literatura, sino para explorar campos relativamente nuevos”.

Es, sin dudas, un tema a disfrutar por horas y horas, siempre acompañados de un buen café.

¡Un abrazo desde Santiago!

Leonardo Espinoza Benavides

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