Medicina y literatura

“Si tuvieras que elegir, ¿por cuál optarías?”

¡Directo al grano! Esa fue la pregunta con la que concluyó la entrevista virtual que me realizó Oscar Burgos, periodista de la Dirección de Comunicaciones de la Universidad de los Andes, universidad que es, a la vez, mi querida Alma Mater (sí, sí…, tenemos hartos estereotipos con los que yo también me rio; es parte de su gracia). Lo cierto es que me encantó poder compartir con ellos esta historia médico-literaria, en especial en estos tiempos de pandemia donde todo parece confluir, quizás a la espera de algo verdaderamente nuevo. ¿Y la respuesta a la pregunta inicial? Ah… Por ahí está.

Sitio web Uandes

Una versión abreviada de esta entrevista se encuentra disponible en el sitio web de la Universidad de los Andes.

—¿Cómo y desde cuándo surge tu interés por la literatura y la ciencia ficción?

—Desde que tengo memoria que recuerdo a mi papá leyendo algún libro. Me atrevería a decir que ahí estuvo la primera semilla, con esa curiosidad de pensar que algo demasiado bueno tenía que haber ahí como para que a él le gustara tanto. Mis abuelos maternos, por otro lado, son ambos profesores de San Fernando (de historia y castellano), así que en cierto modo también traían ese “humanismo” al día a día. Aun así, cuando me atreví por mi propia cuenta a escoger libros, confieso que no me engancharon de inmediato; para nada. No fue hasta que leí algo distinto, algo novedoso para mí en aquellos tiempos, que realmente sentí ese asombro decisivo con el mundo de las letras: fue con La Guerra de los Mundos de H.G. Wells. No lo podía creer. Fue una especie de bienvenida sin retorno a la ficción que abría el abanico de lo plausible, de lo que pudo pasar o de lo que podría llegar a pasar. Pero todavía no sabía que eso era una corriente narrativa de por sí, así que los libros que le siguieron volvieron a ser… “buenos”, pero no lo suficientemente espectaculares. Hasta que vino el golpe decisivo: Crónicas marcianas de Ray Bradbury, con ese prólogo de Borges que pareciera reverberar hasta el infinito. Si Wells me había asombrado, Bradbury me atrapó con las emociones de sus historias, basadas en esos soñadores tan nostálgicos que él imaginaba. Algo había en ese estilo que tanto me gustaba y así llegué a entender lo que era e implicaba la ciencia ficción. Su “nombre” no ha sido el mismo a lo largo de nuestra historia y quizá algún día vuelva a cambiar, pero su esencia siempre ha estado presente, en formas más simples o complejas. Es el punto de encuentro entre la filosofía, el pensamiento científico y el arte. Eso la hace, para mí al menos, trascendente e inevitable. Desde aquel encuentro con los marcianos, nunca más volví a alejarme de este tipo de obras. Más adelante descubrí que Chile también tenía una tremenda tradición, riquísima, con nombres como Hugo Correa y Elena Aldunate, y que múltiples editoriales independientes trataban de mantener vivo el escenario desde sus propias trincheras, teniendo el primer contacto, en mi caso, con otros entusiastas del género a través de la Editorial Puerto de Escape, a cargo del literato porteño Marcelo Novoa. A él le debo mis primeros pasos al interior de lo Fantástico.

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Un recuerdo en el pabellón como interno de cirugía, al puro estilo The Good Doctor (bueno, más o menos).

—¿Desde donde obtienes la inspiración para comenzar a escribir?

—Creo que surge, en primera instancia, de la necesidad de cuestionar la realidad y de querer extender la imaginación hasta lo que más den sus límites. Y, a mayor profundidad, como dijera otro de los que admiro, el cineasta Andréi Tarkovsky, hay una inspiración en esto de “crear” que nace del impulso de querer adentrarse a lo abstracto, a lo intangible, de querer darle alguna forma a las ideaciones humanas que apelan a lo trascendente. A veces veo una noticia y me imagino un escenario alternativo o su proyección en el tiempo; a veces surge de conocer la historia de alguien y querer posicionarlo en una realidad desfigurada, pero que actúe como reflejo y espejo a nuestro contexto. A veces, simplemente, leo un libro que me parece tan fascinante, que me veo atrapado por seguir trabajando lo que ese autor plantea. Esa también es una de las cualidades interesantes de la ciencia ficción en particular. Philip K. Dick, escritor estadounidense (del cual Hollywood se enamoró perdidamente), solía decir que la buena ciencia ficción es aquella que conlleva al lector a cocrear con el autor. Y me parece muy cierto lo que dice.

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“Más espacio del que soñamos” (2018, Editorial Puerto de Escape) en la Sociedad de Escritores de Chile, Santiago.

—¿Escribes a diario? ¿Tienes algún tipo de ritual para comenzar a redactar o simplemente al surgir algo en tu mente lo anotas?

—Soy una persona ordenada y detallista, pero soy un verdadero desastre organizándome. ¡Nunca he podido usar una agenda! No lo sé muy bien, la razón de esto; es mi forma de ser, algo apasionado e impulsivo, tal vez. Soy terrible para las rutinas: no las tolero, me aburro y me desanimo. Toda la vida me he considerado un “maratónico” para mis cosas. No es que me parezca lo adecuado, pero realmente es la única forma que puedo adoptar de manera natural. Cuando estudié medicina en la Uandes, también funcionaba de esa forma. Nunca pude entender cómo era posible que hubiese gente con la capacidad de programar sus estudios con meses de anticipación, todo tan ordena. ¡Envidiable! Yo, por mi parte, calculaba más o menos el tiempo que la maratón requeriría y, cuando llegaba el momento, comenzaban las carreras de los 100 metros planos del estudio. La verdad es que incluso lo disfrutaba; por supuesto, la práctica como tal, la daba el tiempo y la experiencia en terreno. Y, en lo literario, me pasa algo parecido. Soy de esos que tienen una idea, le dan vuelta, la cultivan, mientras otras cosas van ocurriendo, hasta que, de alguna u otra forma, esa idea sobrepasa cierto umbral y me obliga a darle rienda suelta. Entonces no me para nada (o casi nada). Me siento en mi escritorio, ingreso a un universo paralelo, y puedo pasar horas y horas y horas sin parar. El único ritual que tengo, propiamente tal, es el de servirme unas buenas tazas de café.

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Recuerdos de los turnos de noche en el Hospital Parroquial de San Bernardo, en Ginecología y Obstetricia. Esa salita siempre tenía alguna gotera.

—Medicina y literatura, ¿de qué forma logras organizar tu tiempo para ambas cosas?

—¡Esta es la pregunta del millón! Y quizás está interconectada con lo que dije previamente. La verdad es que viene siendo el gran desafío con el que siempre me encuentro. Es difícil, porque ambas actividades requieren una entrega tremenda. No se pueden hacer “a medias”, por lo general. Requieren un grado de compromiso tremendo. Así que… ¡qué puedo decir! Me mantengo siempre atento al momento que pueda surgir, para tratar de aprovechar esos espacios y correr la respectiva maratón. Hasta ahora ha rendido sus frutos, aunque estoy en deuda con varios años de sueño. Ya habrá espacio para recuperarlos, ¿no? Más allá de la broma, creo que tanto medicina como literatura me han ido formando complementariamente. Son mi yin y yang. La formación científica y el contacto con los pacientes moldean inevitablemente mis historias, así como la literatura, la ciencia ficción, me mantiene siempre abierto a las ideas nuevas y me permite conectarme con la gente de una forma mucho más empática.

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En el ciclo de escritores de la Universidad Adolfo Ibañez (Viña del Mar).

—Respecto del COVID-19, ¿qué te llevó a complementarlo con la literatura?

—La pandemia del COVID-19 fue uno de esos extraños momentos en que mis dos quehaceres, la medicina y la ciencia ficción, parecieron encontrarse de manera explícita. Eso no suele suceder, al menos no tan intensamente. Actualmente me encuentro desarrollando mi especialidad, en Dermatología, y las primeras semanas de esta crisis sanitaria fueron bastante confusas: debíamos reestructurarnos y prepararnos en esto que nos compete a todos en el sistema de salud. Finalmente establecimos un sistema de turnos que nos permitían, considerando el toque de queda y las cuarentenas respectivas, atender a los pacientes que así lo requiriesen, colaborando con el descongestionamiento de los servicios de urgencia que debían, por su parte, centrar sus esfuerzos en los pacientes infectados por el nuevo coronavirus. De este modo cumplí mi respectivo primer turno y luego me tocó un intervalo de cuarentena preventiva… Y entonces, la idea. Una idea que sobrepasó el umbral con creces y me lanzó en una de las más maratónicas de mis maratones. Necesitaba escribir un relato sobre lo que estaba sucediendo, pero no me parecía suficiente; no tendría el peso necesario para ser un aporte significativo. Una antología: ¡eso debía hacer! Y, en un tiempo récord, con un plazo de siete días, convoqué a veinticuatro escritores y escritoras, la mayoría ya conocidos míos y de mi confianza, para llevar a cabo esta locura: armar un libro de ciencia ficción sobre el COVID-19. ¿Qué más podíamos hacer como escritores de ciencia ficción? Ese es nuestro rol, eso es lo que le debemos a nuestros pares, el entregarles estas historias que nos permiten orientarnos e iluminarnos dentro de un ambiente tan incierto y confuso. La odisea fue maravillosa y se han publicado algunos artículos respecto a esta cruzada que realizamos en equipo. El libro ya se encuentra disponible para descarga libre y gratuita, con el apoyo de Sietch Ediciones y la Asociación de Literatura de Ciencia Ficción y Fantástica Chilena (ALCiFF). Ahí podrán encontrar una especie de retrato impresionista y visionario a la vez, muy íntimo y sincero, con la intención de acompañar al lector que así lo requiera estos días, compartiendo nuestros inquietudes y divagaciones.

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Recuerdo de los últimos días de nuestro internado en el Hospital Militar de Santiago. Tremendo equipo… BFFs.

—¿Crees que un texto como COVID-19-CFCh sirve para explicarle a los niños situaciones complicadas como esta pandemia u otras enfermedades?

—Creo que ni siquiera los jóvenes ni los adultos hemos terminado de comprender del todo esta situación. Nos tocó vivir algo que no ocurría desde hacía cien años y para lo cual, como comunidad global, no estábamos del todo preparados. Pero sí, creo que a todos nos sirven estos recorridos literarios para entender, o al menos para abrirnos a un eventual entendimiento. A veces la realidad concreta no es suficiente; se queda corta ante nuestros anhelos por sacar ese velo de lo que no nos calza. De ahí el valor de las antiguas fábulas y epopeyas. La ciencia ficción juega un rol similar en nuestros tiempos. Su intención nunca ha sido el de predecir, sino el de mostrarnos desde otros ángulos los caminos que podríamos tomar, desde el doctor Frankenstein de Mary Shelley hasta El cuento de la criada de Margaret Atwood. Los submarinos, los smart phones, la inteligencia artificial, los vehículos automatizados, las impresoras 3D e incluso los audífonos, todos tuvieron su primera concepción en libros de ciencia ficción: algún niño o algún adolescente los leyó y los terminó convirtiendo en realidad. COVID-19-CFCh cumple también ese rol de sembrar y presentar ideas para las generaciones del mañana que tendrá que seguir forjando, y ojalá mejorando, nuestra sociedad.

Recomendando COVID-19-CFCh: Antología SciFi en tiempos de pandemia para el mes del libro 2020. Invitación por parte del Ministerio de la Cultura.

—Por último, si tuvieras que elegir entre la medicina y la escritura, ¿por cuál optarías?

—¡Ah! ¡Pero qué pregunta! Entre la espada y la pared… Así me acorralan. No es la primera vez. Soy un gimnasta profesional en lo que compete a este postulado. Ya saben que podría elaborar una respuesta bonita y satisfactoria, que diga que no concibo una sin la otra. Podría escribir eso, pero sería un poco predecible y, ¿sería del todo sincera? Todos tenemos alguna predilección, ¿cierto? Bueno, podría responderlo a secas, también, pero… ¿Sabría el lector si estoy respondiendo para autoconvencerme o convencer a otros, al escoger una u otra? Además, ni yo me conozco del todo. Pero sí, en el fondo sí tengo la respuesta (creo). Me despediré con una cita de 1970, y ustedes me podrán decir qué les parece; pertenece a Gilbert & George y es la frase que más me ha marcado: To be with art is all we ask.

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Gilbert & George, To Be With Art is All We Ask (1970), MoMA. Foto vía Art Observed.

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