La situación humana

Postales de la Vieja Tierra

La polarización se ha convertido en norma, como si el dualismo cartesiano se hubiese amplificado y el binomio taoísta, exagerado. Y es que, así como el ser humano no es mero engranaje entre materia y espíritu, tampoco la existencia se agota entre luz y oscuridad. Tómese tal marco para poner sobre la mesa, quizás, el recorrido que lleva a la dicotomía de los poderes imperantes en nuestra sociedad moderna: occidente y oriente, libertad y comunidad, neoliberalismo y socialismo… Individualismo y opresión; codicia y megalomanía. Plutocracia y tiranía. Todos estos términos en aparente paralelismo y oposición, pero solo a cierto modo ilustrativo. ¿Por qué? Porque en la raíz de la polarización se encuentra la falacia y, si bien el análisis de lo que ocurre en nuestros días requiere esta categorización en bloques, es sabiendo que nos encontramos de pie sobre una cosmovisión en sí falaz. Desde ahí mismo, en gran parte, que nos hallamos ante una crisis existencial. La realidad es mucho más compleja que simples antagonismos forzados: los matices son la verdadera regla, lo difuso, lo abstracto y, sin embargo, aquí está la humanidad, entre dos alternativas corrompidas.

Las hegemonías contemporáneas se pueden simplificar de la siguiente forma. Primero, el ideal occidental de libertad. De allí la idea de un modelo económico que se pudiese autorregular y el advenimiento de una autoridad electa mediante democracia. Y, segundo, el ideal ulteriormente desarrollado en el hemisferio más bien del este: comunidad, desde la cual se puede comprender la puesta en marcha de la idea económica socialista y la teórica adquisición, progresiva, del poder en manos del bienestar colectivo. Valga enfatizar, una vez más, que si bien esta polarización es simplista y falaz (en tanto que lo falaz es lo que hoy en día nos determina), permite entender lo que está en juego para la especie humana.

Estas dos propuestas de organización tienen, en su más puro origen, un mismo núcleo ontológico: el camino hacia el bien, lo bueno y el bienestar. La única forma de tender al mal, lo malo y el malestar es mediante el autoengaño volitivo, lo cual no impresiona encausar el inicio de estas propuestas mencionadas, y de ahí su validez como “alternativas” y no “verdades”. ¿Cuál es entonces el problema? El problema es el factor humano de corrupción. El neoliberalismo deviene plutocracia deshumanizada; el comunismo, autoritarismo magnicida. Pareciera, entonces, que la verdadera cuestión recae sobre cual camino se corrompe menos o bien cómo evitar la corrupción de estos mismos.

Con el sesgo de ciudadano occidental, dentro del esfuerzo de cierta visión imparcial, kilométricamente distante, es posible vislumbrar que donde debiese florecer el ideal colectivo, lo que nos vemos observando son más bien figuras autocráticas sobre las cuales es imposible tener una certeza de que las encause un fin altruista. Ergo, el temor (mezclado, claro, con un toque de propaganda inevitable). Hasta ahí, el bastión del “mundo libre”, como se le ha llamado, ha sido la esperanza de muchos. Sin embargo, aquí surge el problema: occidente, cual Imperio Romano, está colapsando.  Si bien las pistas estuvieron ahí esperando ser descubiertas, la corrupción del neoliberalismo es cada vez más evidente: los individuos de su sociedad se convierten en productos; el lucro y capital son el único estandarte de progreso; el dinero se consolida como religión y moneda moral; la tecnología se programa para la rentabilidad. Aquello que no produce, no sirve. Y así, mientras occidente podía jactarse de los tiranos y genocidas distantes, cae ahora bajo su propio peso, mirando su tela social disolverse sobre sí misma, deshumanizada hasta el tribalismo y el anti-intelectualismo guiado por los intereses empresariales (ingenuos de los monstruos que acechan). Y los tiranos lo saben. Y lo están aprovechando.

Por ende, la situación es la siguiente: las dos existencias hegemónicas se han corrompido (o, una de ellas al menos, está al borde de completar la transición hacia su putrefacción). Podría argumentarse que la corrupción bilateral ocurrió hace mucho; sí, tal vez, pero al menos la plutocracia previa supo defenderse. Ahora es un obeso mórbido a la espera de su infarto. ¿Qué hacer, entonces?

Configuremos los siguientes escenarios:

  1. El experimento liberal termina por caer. El autoritarismo comunitario asciende.
    • El autoritarismo se configura autocrático y perverso.
    • El autoritarismo se configura como dictador benevolente.
  2. El experimento liberal se reinventa. El autoritarismo comunitario persiste distante.
    • La reinvención es mediante un cambio cultural progresivo.
    • La reinvención es mediante una revolución violenta.

Con esas configuraciones, empiezan el asomo de las ideologías, lo cual es sano, porque sano es que ante la diversidad de individuos haya espacio para lo distinto conviviendo; el problema es cuando no van triunfando los paisajes que constituyen un bienestar mayoritario. Es así como la opción de la reinvención mediante un cambio cultural progresivo pareciera estar perdiendo miserablemente y, si pierde, no quedaría otra que prender velitas invocando la misericordia del destino para que no caigamos nuevamente en modelos de dominación jerárquicos y violentos… por mil años (como ya ha ocurrido) o diez mil años (como ya se ha temido en la imaginación).

Sea cual sea el escenario, el punto es que nos corrompemos. Dinero o dominio, ambos corrompen. Curioso es una palabra que queda corta para esto, porque las ideas en sí son ejemplares: neoliberalismo y comunismo “idealizados” funcionarían igual de bien, distintos por supuesto, pero bien a su justa forma; no así cuando los terminamos deformando. La misma fuerza creadora de las ideas proviene de las fuerzas capaces de intoxicarlas. La humanidad. Ideamos lo sublime; destruimos lo sagrado. Rara vez, eso sí, son los mismos individuos: el pensador y el tirano, ¿no? No fue un dictador el que ideó el sistema comunista ni tampoco un empresario billonario el que pensó el modelo neoliberal.

El misterio no recae en el sistema seleccionado ni en el puñado que domina, la verdadera encrucijada es cómo puede ser que tan pocos se sometan a tantos. No, incluso va más allá: cómo es, más bien, que los sabios y los justos permitan un sometimiento a escala mundial. ¿Dónde están? ¿Dónde están esos humanos ejemplares? Si sus voces ya no influyen, entonces estamos condenados y es solo cosa de tiempo. De quedar tiempo, sin embargo, cada vez se estrechan más las opciones pacíficas. No se le puede pedir a un psicópata homicida que, por favor, por favorcito, se detenga en lo que hace, independiente de sus ideas.

Es fácil criticar y desmenuzar los panoramas modernos (evidencia provisoria de que ahí no están esos humanos ejemplares a los que emplazo a liderar), de ahí lo poco en serio que se toman a las voces disidentes que gozan de pantalla y tiempo mediático, ya sean científicos, filósofos, pedagogos o sociólogos. Saber que algo está mal, en mayor o menor detalle, es solo un primer paso, insuficiente de por sí. Pues, si me preguntan a mí mi propuesta, mi visión, mi rincón desde el cual propongo, mi proyecto y solución, lo puedo responder con una palabra: Arte.

El Arte es nuestra salvación. En el artista se encuentra nuestra eterna redención. Es solo ahí donde se encuentran los portales manifiestos de nuestra verdadera humanidad. El Arte humano justifica nuestra existencia, nuestro aporte al Universo, nuestro intento de unir lo material con lo inmaterial; de dar el paso hacia lo abstracto para darle alguna forma, para integrarlo en una malla entretejida por los átomos que, desde el principio y hasta el fin, somos todos nosotros. Es el Arte, nuestra creatividad artística, la que alberga la llama, la luz. Denle rienda, denle espacio: su muerte sería la verdadera muerte. Y de que está moribundo, lo está. Desde la censura de lo autoritario hasta su desvalorización plutocrática: la resiliencia del Arte es lo único que lo mantiene vivo, que nos mantiene vivos. Lo atacan y atacan y nos atacan; lo oprimen y lo intentan dominar. Persiste, ¡por supuesto que persiste! El Arte es lo único capaz de dar la batalla cuando llegue aquel momento. El Arte es lo único capaz de corregir la premisa con la que comencé: la polarización no debe ser la norma; el dualismo no nos puede enceguecer. ¡Arde, Arte!

Cuando el Arte ya no importe, cuando el Arte se extinga; cuando el Arte como propuesta sea motivo de burla y desprecio, o tildado de inútil y pueril, de accesorio y secundario, entonces terminamos todo. Venga el fin de los tiempos cuando lo único que surge de la humanidad, lo único verdaderamente creado y nuevo ante los ojos estelares se nos escurra irreversiblemente de las manos. Mientras haya Arte, las Ideas tendrán caballos sobre los cuales cabalgar. Cuando asesinan a un artista, carnal o metafóricamente, damos un paso más hacia el olvido sin tiempo. El vacío existencial.

Sin canción ni narrativas, la vida y muerte —verdadero dualismo— resultan baladí.

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